No llores, todo va a estar bien.

No llores, todo va a estar bien.

Las flores existen aunque nadie las vea.

Nació un día sin flores entre manos y voces, llegó al mundo como todos abrió los ojos como nadie. Aprendió a callar antes de tiempo y a escucharse en silencio.

La tacharon de extraña porque abrazaba la lluvia, porque le sonreía al viento y bailaba sin ritmo. Porque no hablaba. Le tiraron el mundo en la cara, le cerraron los ojos a gritos, le apagaron la magia, la escondieron en miedo. La dejaron ahí, sin nada.

El sol tocó su cuerpo cuando ya nada la iluminaba, el viento soplo sin que ella bailara, la lluvia intentó revivirla… y nada.

Murió un día en el que no pasó nada, el silencio se adueñó de su cuerpo y las flores llenaron el espacio donde ella ya no estaba. El mundo se volvió un poquito más triste sin que nadie lo notara. Solo la tierra lloró ante la muerte de la pequeña extraña.

Mi gigante.

No tengo palabras para describirte y mira que conozco muchas palabras. Tu cuerpo perfecto se deformó para hacerme espacio, tus noches de sueño se acortaron, me amaste antes de conocerme y nadie me ha amado tan incondicionalmente. Fuiste mi casa, mi hospital, mi psiquiatra, mi escuela, mi asesinamonstruos, mi fuerza. Eres la persona más fuerte que conozco y sin embargo nadie te teme. Fuiste la primera mano que tomé y la que nunca me ha de soltar, incluso cuando ya no estés. Eres todo el amor guardado en metro y medio de altura. Tus ojos siempre me reflejan mejor de lo que soy, me dejas volar aunque te dé miedo que me caiga (y si lo hago siempre estás ahí para sostenerme), gracias a ti estoy y sigo con vida. No tengo palabras así que no voy a intentar tenerlas, porque describirte sería limitar tanta perfección. Quiero que sepas que nunca pude haberte imaginado mejor, que lamento las veces que te hice sentir mal, que no importa que tome mi propio camino, tú siempre vas a ser mi guía. A veces me doy cuenta que soy más parecida a ti de lo que pienso y eso solo me hace sentir que soy una mejor persona. Te amo, mamá.

Vuelve que sin ti me siento como una casa vacía.

Vuelve que sin ti me siento como una casa vacía.

De para siempres y otras cosas.

Ya estoy en la casa y tú aún no has llegado, se siente un vacío que me recuerda -como si hiciera falta- lo mucho que te extraño. Me asomo a la recamará y una risa tuya suena a lo lejos, tan tierna y traviesa como tu mirada. Destiendo la cama porque así tan estirada no me gusta, me recuerda que no has llegado a dormir. Y es que ante tu ausencia no he tenido más opción que entretenerme lavando trastes, sacudiendo muebles y tendiendo la cama, todo con la esperanza de no pensar en ti aunque sea por un rato; funciona, tal vez una hora, después me quedo sentada en el sillón con los cojines perfectamente acomodados y sin tu pancita para recargarme en ella. ¿Ya mencione que te extraño? Saco una cerveza y recuerdo que se me acabaron los cigarros y claro, no estás aquí para ir a comprarlos así que involuntariamente me uno a tu campaña de dejar de fumar. Y me uno a tu cepillo de dientes que a veces sin que lo sepas hemos compartido, también a las dos cervezas que hoy no podemos tomar juntos, a la televisión que sin ti me aburre y a mi libro que es mi único escape para no pensar en ti y en que no estás. Cuento los días para que regreses, pero no te preocupes, que tanto has estado en mí que una parte tuya ya es mía y esa se queda acá, conmigo.

Te extraño.

Y se fue.

Llegó de puntitas, se acomodó la falda y se sentó a mi lado, mientras miraba la ciudad a través de la ventana sonrió y comenzó a contarme de ti, de tus besos a veces suaves y otras violentos, de tus manos y tus risas. Me contó de aquella vez que iban caminando de la mano y arrancaste unas flores para ponérselas en el pelo, me dijo que una parte chiquita lamentó la muerte de esas pobres flores, pero otra saltaba de alegría por tu detalle. Me contó también de la primera pelea que tuvieron y como lloró toda la noche, de la primera vez que… bueno, me contó que también fue tu primera vez. Me contó de cómo vivieron tanto y se hicieron viejos antes de tiempo, se desgastaron… Y así, mirando hacia la ventana rodó una brillante gota por su cara que casi la rompió en dos. ¡PARA!, le dije, ya no me hables de él, ¿qué no ves que te hace mucho daño recordarlo, soledad?

A veces.

A veces yo también me siento llena, de todo, de nada, de dudas, de ti. De vacíos, de llenos, de anhelos, de escombros, de logros, de llanto y de tantos recuerdos que dejaste aquí. A veces yo también me rompo por dentro y espero sanar con el tiempo, en muchas ocasiones me he ocultado en sonrisas fingidas, en caminatas sin rumbo y en dolorosos nudos en la garganta. A veces yo también siento que exploto de tanto que guardo, que si acumulo un poco más me voy a derrumbar. A veces me siento tan llena que me quiero vaciar, pero solo a veces, el resto del tiempo me siento viva y libre de mantenerme en el intento de continuar.

Me preguntas por qué escribo.

Me preguntas por qué escribo como si no supieras la respuesta, es como si te preguntara que por qué respiras. Para vivir, ¿no es así? Pues igual yo. Es tal vez un poco menos evidente, yo escribo porque es mi forma más fuerte de gritar, la única manera en que puedo tomar la mano de mi abuelo muerto y sentir su calor, la mejor forma que encuentro de retratar mis sueños, mis anhelos, mis prisas, mis risas, mi fuego interno y el frío que siento desde que no te tengo.

Escribo porque mis manos siempre saben decir mejor lo que pienso. Porque las letras nunca me han traicionado, porque siempre están aquí tan al alcance de mi mano para decirme todo lo que a veces he callado. Escribo porque siento, porque a veces también miento y porque me gusta soñar que escribo mi propio invento de lo que siempre he querido ser… mi propio cuento.

Odio amarte sin conocerte.

Odio amarte sin conocerte.

Adiós sin hola.

Eres lo más bonito que he tenido y ni siquiera te conozco bien, eres todo lo que quiero y jamás te voy a tener. Odio al tiempo por llegar temprano, tan sin avisar, antes de lo esperado.

Odio tener que dejarte ir sabiendo que nunca vas a regresar, odio no encontrar en mí la fuerza para hacer que te quedes, para abrazarnos y enamorarnos, para crecer de la mano. Entiéndeme, no es que no te quiera, es que no puedo darme el lujo de descubrir si al final de esta historia resulta que solo nos hacemos daño.

Cuento que ha de ser escrito.

“A veces yo también siento miedo”, le dijo el monstruo a la pequeña que abría despavorida la puerta del armario. 

Carta para un extraño.

Esta carta va apara ti y espero que jamás la leas porque de cualquier modo ya es muy tarde.

La amistad es tan simple que sigo sin comprenderla, no es como el amor que hay que mantenerlo a diario, es más libre y juguetona.

Siempre he pensado que un verdadero amigo no es el que está en todas tus reuniones o que te llama todos los días para platicar, mucho menos el que solo está en las malas como periodico amarillista. Un verdadero amigo para mí es aquel que conoce a tu familia, que sabe por qué te gusta el café sin azúcar y reconoce tu cara cuando estas feliz, enojado o has llorado. Un mejor amigo es a veces un hermano y como tal debe aceptar las peleas como parte de la rutina, tus peores caras -la de recién despierto y la de crudo- tus distancias y la necesidad de contar contigo.

Yo pensé que tú eras mi mejor amigo y, como tal, siempre voy a extrañar todo lo que tuvimos. Lástima que ya no seas quien solías ser conmigo. Lastima que ya no seas quien solías ser.

Cuando estuve muerta.

Pocas cosas he soñado como cuando soñé contigo, pocos sueños he tocado como cuando me tocaste. Casi nunca me he sentido tan viva como el momento en que llegaste… ni tan muerta como cuando te alejaste. 

Fui un cadaver andante, vacía de besos, manos, palabras, labios, falta de tus ojos tan llenos de mí, temerosa de todo lo que me recordara a ti. Y me rompí.

Esos días no era más que un montón de cristales en el suelo brillando entre lágrimas y anhelos. Fui todo lo que me ha dolido, estuve de luto por nuestro amor perdido. Lloré lágrimas ocultas en sonrisas falsas, miré hacia arriba pensando tan solo en la caída. Anduve para tropezar, dejé de comer para alimentar mi fatalidad. Estuve sin estar.

¿Y sabes qué? Sobreviví. Aquí ya no vuelvas más.

Felicidad que se hace flores en el alma.

Felicidad que se hace flores en el alma.

Soy.

Soy más feliz que nunca aunque te duela, ya no te necesito aunque no te importe, aprendí a volar como siempre quise y no necesité tus alas para hacerlo. Gracias por irte. Comienzo por escribir de ti porque siempre planeé hacerlo pero esos tres renglones son simplemente el fin de tu cuento.

Soy más feliz que nunca, soy más feliz que nadie, soy mi mundo, soy mis risas, soy el aire que respira el viento, el fuego que incendia al sol, la estrella que decora a la luna, soy. Puedo predecir mi futuro porque yo lo hago, doy besos cuando quiero porque tengo labios, provoco sonrisas y a veces hasta bailo. 

No me siento la más sabia ni lo pretendo, las cosas sencillas me engrandecen, guardo recuerdos y los baño de anhelos, sueño más y duermo menos.

Soy más feliz que siempre.