Y sí.

Prefiero el sueño en que te sueño, a la realidad en que despierto sin ti.

Mía.

Me gustas, tristeza, porque no me tienes miedo, porque me miras a los ojos y los vuelves de cristal. Me gustas porque me llenas, me acompañas, me rompes, me desgarras, me arrullas y no te vas. Me gustas tristeza porque eres calma, porque cuando los demás se van, tú bailas. Me gusta tu melancolia, tu dolor, tu fragilidad, tu sonrisa. Me gustan tus ojos que nunca se secan, me gustan tus brillos, me gusta que te me cueles entre las manos y en los recuerdos. Me gustas tristeza porque eres fría, porque dices la verdad. Me gustas tristeza, porque eres mía.

Eres.

Eres todos los sueños que alguna vez soñamos juntos, entre besos, con los ojos cerrados, agarrados de las manos, como niños, jugando.

Un minuto.

Un minuto de silencio. Pido un minuto de silencio, solo un minuto. Un minuto sin caos, sin ruido, sin luz, sin voz, sin mí, sin nada. Sin nada de nada. Un minuto sin pensar. Un minuto. Quiero por 60 segundos salirme de este mundo, de su gente y su ritmo, ser yo conmigo. Hace mucho no estoy sola y me hace falta, llenarme de nada. Me hace falta flotar en mi tristeza, en mis palmas, en las noches heladas, en una copa de vino y el humo flotante del cigarro que envidio. Por tan solo un minuto no quiero nada. 

Ella y él.

No sé cómo ni cuándo fue que él la vio por primera vez, con sus rizos dorados y su sonrisa azul, no sé cómo ni cuándo ella lo vio de vuelta y se dieron cuenta de que eso era amor. Fue una vez hace muchos años que por primera vez se tomaron de las manos, fue una vez hace muchos años que la historia comenzó.

Ella y sus zapatitos rojos, él y sus zapatitos rotos; ella y sus prohibiciones, él en sus ilusiones. Ella y él.

Y te odio por eso.

Otra vez soñé contigo y te odio por eso. Te soñé y eras el mismo, el mío. 

Otra vez soñé contigo, que te amaba y tú me amabas. Verás, cuando en mis sueños te sueño, no eres tú, no soy yo, somos un par de desconocidos que viven otra vida en la que sí nos quedamos, sí nos reímos, sí cumplimos la promesa de “para siempre”.  Y nos miro ahí, tan tranquilos, tan completos, sin miedo a nada.

Corrijo entonces, no soñé contigo, ni conmigo, anoche soñé con lo que nunca fuimos.

Tal vez me odio.

Soy criadora de monstruos, de miedos, de daños. Colecciono errores en un cajón. Me suicido de a pocos. Tal vez lo hago por instinto, tal vez no sé ser feliz, tal vez me gusta estar rota, tal vez me odio. A veces despierto y me pido perdón, y lloro, y me digo a mí misma “no lo vuelvo a hacer, te lo juro, perdóname solo esta vez, una vez más”, y me perdono. Y lo vuelvo a hacer, y mil veces más, y me rompo y me corto y me mato y me escupo y lloro.

Y no.

Y me paso la vida pretendiendo que aún no te has ido, como último intento de por siempre ser feliz.

Porque eres mío.

Me gusta llegar a lo más profundo de mi abismo y decirle que lo quiero, porque es mío, gritar y escuchar el eco, sentirlo, me gusta mi abismo. Lo miro y me mira, y nos alejamos juntos, nos alejamos juntos de todos los que me juzgan por amar a mi abismo, porque les parece extraño, porque le temen al suyo, porque no lo entienden, porque nunca han jugado a caerse en su propio abismo y que sea su profundidad la que los salve. Porque se temen a sí mismos. Pero yo te amo, mi abismo.

Vamos a jugar.

Vamos a jugar por un momento a que no pasa nada, a que todo está bien, a que nadie ha muerto, no debemos nada, todo está perfecto. Vamos a jugar por un momento a que hoy no es hoy, a que nuestra tierra es nuestra, el grito escuchado y nadie se ha desangrado luchando por un mañana que parece no llegar. Aunque sea por un momento, vamos a jugar.

Te amo.

Me gusta verte cuando duermes, preguntarme con qué sueñas, ver tus ojos cerrados, imaginarlos abiertos, tocar tu cara y que ni te enteres. Me gusta cuando duermes. Me gusta lo que eres. Me gusta que me tienes. Me gusta saber que cuando despiertes vas a ser mío, como siempre. Me gusta que duermas en mi cama, me gusta que despiertes a mi lado, amo que me hayas amado, y que sigas aquí. Me gusta verte cuando duermes. 

Acá en el pueblo.

Todos somos mendigos en esta tierra de despojos, de cascajo, de ojos de vidrio hechos pedazos. Nadie mira ya el abismo, el abismo nos comió, solo existe el pesimismo, nadie es nadie, ya ni dios.

El valiente salió y no volvió, ya nadie se acuerda de él, una mujer llora y no sabe por qué. El silencio ya no visita, este es el reino del caos, el loco tiene corona y la combina con su disfraz. La felicidad se fue a la quiebra, pero acá olvidamos con ginebra.

Entre nosotros nos matamos, para tener algo que hacer, cuando no estamos estancados, nos gusta hacernos retorcer. Todos acá estamos bien.

Nuria, 27 años.

Nuria, 27 años.

Y no 28.

Hoy cumplo 27 años, felicidades a mí. Hoy cumplo 27 años. Hoy es un 24 de diciembre más, normalmente despierto con las mañanitas de mi papá y su guitarra; hoy desperté contigo, contigo que eres el mejor regalo que jamás he tenido. Hoy cumplo 27 años, soy feliz, he hecho las cosas exactamente como jamás las deseé, contrario a lo que soñaba de pequeña, no me he casado, no tengo hijos, ni una camioneta, no soy esposa ni marioneta; soy mía y más mía que nunca. Soy un montón de malas decisiones, soy risas de mota, soy crudas, soy la ropa que compré y no me queda, soy tú, soy mi papá, soy mi mamá, soy mis hermanos, soy la mugre que tengo bajo las uñas, mis dientes y mi pelo despeinado, soy mis amigos, soy mis manos, soy lo que escribo y lo que callo. Hoy cumplo 27 años.