Reflejos rotos en agua de lluvia.

En la fragilidad de su cuerpo caminó descalza hacia la ventana, se asomó en la tristeza y vio el reflejo roto de sí misma en el cristal. Vacía en la existencia de nada, se llenó de fallas, de batallas perdidas, de errores, de llanto, de espanto. Colmada de miedos y fantasmas, de horrores, de celos, coraje, y tropiezos malditos que la hacían sentir morir. Se asesinaba de a pocos, para que nadie lo notara, para no verlo ni ella. Se sumió en almohadas empapadas de lágrimas, se refugió en las palmas de sus manos, en el grito ahogado, en las noches largas que la ocultaban de su propia visión. La soledad se volvió su única acompañante, una extraña enemiga odiada a la que recurría a falta de todo. Odiaba su cuerpo, odiaba su voz, odiaba incluso el instante en que nació. Y mirando su reflejo brillante de lluvia, se sumergió en lo más grande que tenía, su temor, y se ahogó en él. 

"Niña, no temas, niña no llores, niña no pienses, no temas, no te rompas, no te hundas, no te dejes, no te mates, no te vayas. Niña, yo te quiero. Quiero tu cara y tus manos, tu llanto y tus fallas, tus rodillas raspadas de tantas caídas, tu pelo, tu respiración, tu frustración, tus miedos, tus celos, tu fragilidad, tu reflejo en la ventana, tu existencia hecha añicos, tus rincones, tus vacíos, tus lamentos, lo violento de tus tiempos, tus razones. Niña, mira bien ese reflejo, los cristales cortan, pero cómo brillan. Niña, no tengas miedo, niña". -Dijo la soledad al ver sufirendo a la niña. Y la tomó de la mano, y la sacó del vacío, y la salvó de sí misma y se fue. Y se quedó sola de nuevo. Y se fue.

Instantes

Somos instantes que repetimos una y otra vez con la intención de no ser olvidados.

Regalo de cumpleaños para Nicole.

Hoy cumples años y no sé qué regalarte. Ni siquiera sé si te gusta cumplir años y recibir regalos. Ni siquiera sé cómo felicitarte. Vamos a pretender que hoy no es hoy, sino que es un día cualquiera. En este día cualquiera no te voy a dar regalos, ¡ni que fuera tu cumpleaños!, pero ven, vamos a caminar bajo la lluvia imaginaria con tu paraguas rojo y el mío amarillo, ¡ya viste eso!, es un búho, ¡cuidado!, creo que te quiere comer (ahora somos gusanos), te diría que corras, pero somos gusanos, hazte la muerta. ¡Fiuf, ya somos humanos otra vez! Mira, no sé como decirte esto sin sonar cursi, pero me caes muy bien. Está muy bonito tu pelo, y me caes muy bien. Me alegra que hagas cosas como las que haces, que sepas de letras, de libros, de canciones, de colores, de risas y llanto. Me gusta que sabes tanto. Me parece increíble que tengas tantas raíces, que las cuides y protejas; me gustan tus ojos y tus orejas. Sé que a veces te entristecen cosas, sé que a veces te sientes sola, pero me gusta que aún así eres noble y sonriente, fuerte. Eres muy valiente. 

Toma esta rama, no significa nada, pero es que no supe qué regalarte en tu cumpleaños.

Carta para el amor que tuvimos.

Hola, ¿cómo estás? Pienso en ti a diario. Juré que no te lo iba a decir pero es que no se me ocurre otra cosa. Cierro los ojos y ahí estás, sueño y ahí estás, veo una flor silvestre que me recuerda a la que me regalaste aquel día sin ninguna razón, y ahí estás. Miro a una pareja de niños, tomados de la mano, y nos recuerdo juntos, y ahí estás. Vivo, y ahí estás. Eres como una dulce pesadilla, verás, te sigo amando y ya no estás. Y ya no estás desde hace tanto, y sin embargo estás.

¿Cuántos años fueron? No sé, ¡qué más da!, como si el amor se midiera en tiempos. Éramos unos niños, jugando a amarse, y lo hicimos mal, nos amamos de verdad. Recuerdo tu cara en la mía, tu pelo, tu voz. Cuando te sueño estás igual, con tus ojos, me encanta que eran dos, con tu pelo, amo que era negro, con tu piel, tu barba a medias, tus pestañas, tus piernas, tus abrazos, todo tú. Cuando te sueño sufro un poco, porque solo es eso, un sueño. Cuando te sueño y despierto sufro porque ya no estás. Han pasado tantos años y sin embargo no te vas.

Te escribo porque no tengo mejor manera de besarte, te pienso porque es mi forma de amarte, te recuerdo para no olvidarte, y me marcho para no matarte.

Amor, querido amor, espero que tú estés bien. Amor, no me despido, porque no pienso marcharme, simplemente ya no voy a estar.

Adiós.

Adiós, amor.

Y sí.

Prefiero el sueño en que te sueño, a la realidad en que despierto sin ti.

Mía.

Me gustas, tristeza, porque no me tienes miedo, porque me miras a los ojos y los vuelves de cristal. Me gustas porque me llenas, me acompañas, me rompes, me desgarras, me arrullas y no te vas. Me gustas tristeza porque eres calma, porque cuando los demás se van, tú bailas. Me gusta tu melancolia, tu dolor, tu fragilidad, tu sonrisa. Me gustan tus ojos que nunca se secan, me gustan tus brillos, me gusta que te me cueles entre las manos y en los recuerdos. Me gustas tristeza porque eres fría, porque dices la verdad. Me gustas tristeza, porque eres mía.

Eres.

Eres todos los sueños que alguna vez soñamos juntos, entre besos, con los ojos cerrados, agarrados de las manos, como niños, jugando.

Un minuto.

Un minuto de silencio. Pido un minuto de silencio, solo un minuto. Un minuto sin caos, sin ruido, sin luz, sin voz, sin mí, sin nada. Sin nada de nada. Un minuto sin pensar. Un minuto. Quiero por 60 segundos salirme de este mundo, de su gente y su ritmo, ser yo conmigo. Hace mucho no estoy sola y me hace falta, llenarme de nada. Me hace falta flotar en mi tristeza, en mis palmas, en las noches heladas, en una copa de vino y el humo flotante del cigarro que envidio. Por tan solo un minuto no quiero nada. 

Ella y él.

No sé cómo ni cuándo fue que él la vio por primera vez, con sus rizos dorados y su sonrisa azul, no sé cómo ni cuándo ella lo vio de vuelta y se dieron cuenta de que eso era amor. Fue una vez hace muchos años que por primera vez se tomaron de las manos, fue una vez hace muchos años que la historia comenzó.

Ella y sus zapatitos rojos, él y sus zapatitos rotos; ella y sus prohibiciones, él en sus ilusiones. Ella y él.

Y te odio por eso.

Otra vez soñé contigo y te odio por eso. Te soñé y eras el mismo, el mío. 

Otra vez soñé contigo, que te amaba y tú me amabas. Verás, cuando en mis sueños te sueño, no eres tú, no soy yo, somos un par de desconocidos que viven otra vida en la que sí nos quedamos, sí nos reímos, sí cumplimos la promesa de “para siempre”.  Y nos miro ahí, tan tranquilos, tan completos, sin miedo a nada.

Corrijo entonces, no soñé contigo, ni conmigo, anoche soñé con lo que nunca fuimos.

Tal vez me odio.

Soy criadora de monstruos, de miedos, de daños. Colecciono errores en un cajón. Me suicido de a pocos. Tal vez lo hago por instinto, tal vez no sé ser feliz, tal vez me gusta estar rota, tal vez me odio. A veces despierto y me pido perdón, y lloro, y me digo a mí misma “no lo vuelvo a hacer, te lo juro, perdóname solo esta vez, una vez más”, y me perdono. Y lo vuelvo a hacer, y mil veces más, y me rompo y me corto y me mato y me escupo y lloro.

Y no.

Y me paso la vida pretendiendo que aún no te has ido, como último intento de por siempre ser feliz.

Porque eres mío.

Me gusta llegar a lo más profundo de mi abismo y decirle que lo quiero, porque es mío, gritar y escuchar el eco, sentirlo, me gusta mi abismo. Lo miro y me mira, y nos alejamos juntos, nos alejamos juntos de todos los que me juzgan por amar a mi abismo, porque les parece extraño, porque le temen al suyo, porque no lo entienden, porque nunca han jugado a caerse en su propio abismo y que sea su profundidad la que los salve. Porque se temen a sí mismos. Pero yo te amo, mi abismo.

Vamos a jugar.

Vamos a jugar por un momento a que no pasa nada, a que todo está bien, a que nadie ha muerto, no debemos nada, todo está perfecto. Vamos a jugar por un momento a que hoy no es hoy, a que nuestra tierra es nuestra, el grito escuchado y nadie se ha desangrado luchando por un mañana que parece no llegar. Aunque sea por un momento, vamos a jugar.